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DON CARLOS Autor: Giuseppe Verdi. Intérpretes: Giacomo Prestia, Franco Farina, Carlos Álvarez, Eric Halfvarson, Dan Paul Dumitrescu, Adrianne Pieczonka, Sonia Ganassi, Ana Nebot. Coro y orquesta del Liceu. Dirección musical: Mauricio Benini. Dirección escénica: Meter Konwitschny. Escenografía y Vestuario: Johannes Leiacker. Iluminación: Hans Toelstede Producción: Wiener Staatsoper/Gran Teatre del Liceu. Lugar y fecha: Gran Teatre del Liceu (08/02/2007).
El arte de provocar
 Aterrizaba en el Liceu la versión original francesa de Don Carlos, tal y como Verdi la concibió para la ópera de París en 1867, en una coproducción del teatro de las Ramblas y la Staatsoper vienesa. En la historia del coliseo barcelonés nunca antes se había programado esta versión, sino la más popular, en italiano y reducida.
El honor de dirigir escénicamente este histórico estreno recaía en manos de Peter Konwitschny, quien hace tan sólo unos meses conseguía con su escolar Lohengrin que la polémica volviera nuevamente al Liceu.
Manifiestamente abierto a la renovación del mundo de la ópera, el director alemán señalaba antes del estreno que “considero que es muy triste que una dirección sea tan pobre que lo único que se recuerde de ella sea la música. El teatro debe ser algo vivo, y tan sólo cobra vida si conferimos vida a los personajes.” Konwitschny sabía lo que decía.
Con premeditación, alevosía y nocturnidad, por aquello de la hora, sorprendía a los espectadores de Don Carlos con una puesta en escena moderna (con la consabida ausencia de elementos decorativos) con la partitura como única protagonista. ¿Es éste realmente Konwitschny o nos lo han cambiado? musitaba más de un espectador agradecido ante la convencional lectura de la obra. Las exclamaciones vendrían más tarde.
 Concretamente cuando el director de escena, dando un giro de 360º a la dramaturgia, convierte el ballet de La Peregrina en una pantomima llamada El sueño de Éboli, donde la princesa aparece casada con el infante Don Carlos. La escena no tiene precio: ambos esperan a cenar a Felipe II e Isabel de Valois, pero se les quema el pollo que cocinan y encargan una pizza que llega de la mano de un repartidor de la empresa Posa´s Pizza, es decir, el Marqués de Posa (sic). Con la princesa embarazada, los protagonistas celebran la llegada del futuro heredero al trono jugando con una cuna.
 La propuesta del director teutón se volvió aún más radical en la escena del auto de fe del tercer acto, la auténtica sorpresa del montaje: Konwitschny lo traslada a nuestros días, convirtiendo una quema de herejes en un reality show retransmitido en directo por televisión, mezclando a los espectadores con los figurantes y creando un auténtico galimatías en el teatro, que estalla cual volcán en erupción, con gritos y abucheos de unos y aplausos y vítores de otros. El arte de la provocación en estado puro.
Por fortuna, Mauricio Benini realizó un trabajo fantástico en el foso, llevando a la orquesta y al coro por derroteros brillantes y manteniendo el pulso dramático en todo momento. Sobresalientes la soprano canadiense Adrianne Pieczonka en el papel de Isabel de Valois, con una voz de terciopelo desde la primera hasta la última nota y el barítono español Carlos Alvarez, con una interpretación magistral de Rodrigo. Notables también la temperamental princesa de Éboli de la mezzo italiana Sonia Ganassi y el Felipe II de su compatriota Giacomo Prestia, así como el rotundo monje del rumano Dan Paul Dumitresku, la Thibault de la española Ana Nebot y el Inquisidor del estadounidense Eric Halfvarson. Cumplió sin entusiasmar el tenor americano Franco Farina, que se fue animando tras percibir el afecto del público después de un pésimo inicio.
Fotografías: Antoni Bofill 

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