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MARIA BAYO
 SECRETOS Y RECUERDOS DE UNA DAMA DE LA LÍRICA - CANTOLÍRICO: En primer lugar, ¿cuál es su valoración personal sobre el “Idomeneo” que acaba de finalizar?
- María Bayo: Yo siempre digo que cada vez que hago una producción de Mozart encuentro algo nuevo y me ilusiona porque es un compositor vivo. Después de este “Idomeneo”, que por cierto ya son 12 años que lo hago, ha habido una evolución importante tanto en el personaje como en la voz. La voz está mucho más lírica y el personaje ha evolucionado. Sin meterme en la escenografía y el vestuario, de esta producción diría que me ha gustado mucho la concepción que el director escénico (Nicolas Brieger) ha hecho del personaje, sin cambiar un ápice de la dramaturgia del libreto. Ha trabajado estupendamente el recitativo, la acción dramática, dándole una entidad importante a cada personaje y con una relación muy clara. En cuanto a la escena, quizá podría decirse que había demasiados elementos, pero ha sido tal el trabajo de teatro realizado en los ensayos que en general he quedado muy satisfecha.
- C.L.: ¿Cómo afronta María Bayo los periodos de descanso y los días de función? Siempre ha dicho que de hacer una vida normal, la que realiza la mayoría de la gente, usted no podría ser cantante de ópera. - M.B.: Ciertamente. Durante estos 15 días de representaciones no he hecho vida normal. Terminas muy tarde, comes y cenas poco, atiendes a la gente que viene a verte... Mi dinámica de trabajo intento que siempre sea la misma. Cuando tengo un día sí y otro no (de representación) la verdad es que no me da tiempo a hacer nada, justamente a descansar entre función y función. Duermo por la mañana, como al mediodía, descanso un poco por la tarde y me dispongo a ponerme activa para la función. Y el día anterior igual. Descansar, dormir y cantar, para ponerte nuevamente las pilas. Verdaderamente no puedo hacer otra cosa, es agotador. - C.L.: Si la función es al anochecer, ¿toma algún tipo alimento o merienda? Qué costumbre tiene antes de salir a escena? - M.B.: No, a veces tomo un zumo de naranja y un plátano para tener un poco de energía, dependiendo si la ópera es más o menos larga , pero normalmente como pasta al mediodía, duermo la siesta y no tomo nada hasta finalizar la función. - C.L.: Usted es de las que se entrega en escena. ¿Llega a perder peso? - M.B.: Sí, estos días he perdido peso, porque han sido 7 funciones importantes, de 3 horas y media cada una. Un día sí y un día no durante dos semanas. - C.L.: Después de la función, ¿le cuesta conciliar el sueño o por el contrario duerme a pierna suelta? - M.B.: No pego ojo porque tengo toda la adrenalina dentro del cuerpo. Después de la función me gusta relajarme un poco, tomar una copita de vino y a eso de las 2 de la mañana intento dormir. Duermo 2-3 horas, me despierto, empiezo a dar vueltas a la función, vuelvo a dormir… con lo cual realmente no duermo bien. Llevo casi 20 años de carrera y no he podido acostumbrarme a relajarme. Hay compañeros que lo hacen, después de una función están tan cansados que consiguen conciliar bien el sueño. Yo, sin embargo, tengo tanta adrenalina que me resulta imposible. - C.L.: ¿Acaba siendo uno el mejor crítico de si mismo? .¿Lee críticas? ¿Las acepta? ¿Le afectan? - M.B.: Pocas, creo que el mejor crítico es uno mismo. Leo sólo las críticas de las personas que me merecen el respeto y que considero pueden decir algo que pueda interesarme, sobre todo constructivo. Después de tomar un tiempo de distancia de aquello que he hecho a lo mejor puedo leer alguna crítica más. Lo que no podemos olvidar es que un crítico no sabe el trabajo previo que ha realizado un intérprete o una compañía. En este “Idomeneo” hemos estado mes y medio ensayando… Y se tiende a juzgar la primera función, que la mayoría de las veces resulta la más complicada debido a la tensión reinante. La crítica no deja de ser una opinión de una persona, por tanto, resulta completamente subjetiva y considero que verdaderamente hay pocas personas conocedoras y con base para opinar. Antes los críticos eran los mismos músicos que se hacían las críticas entre ellos, que no sé si era mejor o peor… (ríe) pero al fin y al cabo tenían un conocimiento de la materia. Hoy, a veces, lees críticas donde aprecias que la persona que escribe no tiene mucho conocimiento de lo que es el canto. Se limitan a decir “fulanito tuvo éxito o no tuvo éxito”, haciendo una recopilación de aquella historia y de la puesta en escena, y dejando una sola línea para explicar la labor del cantante, pareciendo muchas veces que ni hemos actuado.
- C.L.: ¿Se siente profeta en su tierra o, por el contrario, piensa que está más reconocida fuera de su país? - M.B.: Creo que soy profeta en mi tierra pero reconozco que a veces vengo a cantar a casa con más tensión y nervios que cuando lo hago fuera. En el extranjero me siento más libre. Con los tuyos quieres estar al 100% y eso produce una doble tensión. Dicho esto, pienso que realmente sí soy profeta en mi tierra, no me puedo quejar en absoluto, ni de los críticos ni, sobre todo, del público. El público me quiere y me sigue. Debo decir por ejemplo que en “La Boheme" que hice el pasado Enero en Berlín me sorprendió la cantidad de gente que vino de España. Fue maravilloso. Cuando estoy en el escenario intento siempre dar el 100% y eso la gente lo reconoce y lo premia. - C.L.: Por curiosidad, ¿lleva usted la cuenta del número de veces que se ha subido a un escenario a lo largo de su carrera? - M.B.: No, no tengo ni idea. Pero normalmente al año suelo realizar entre 40 y 45 actuaciones, no más. No soy de las que más hacen, hay colegas que realizan muchísimas más funciones. Como normalmente hago producciones de ópera y estamos mes y medio en cada una de ellas no dispongo de más tiempo. - C.L.: Después de haber cantado en los mejores teatros del mundo, ¿qué es lo que más le preocupa hoy como artista? - M.B.: Seguir evolucionando. Creo que me encuentro en una madurez importante. Mi voz ha evolucionado de una forma natural, no está maltratada. Desgraciadamente a veces oyes cosas que te producen escalofrío. Cantantes que teniendo unas voces fantásticas han acabado destruyendo la voz en 5 años. Gracias a Dios creo que he tenido prudencia en elegir un repertorio y estoy en una madurez vocal para intentar guiar mi repertorio por otros caminos. La voz está más grande y más lírica. Además de los papeles que puedo hacer siempre, como la Despina, hay otros roles que me gustaría abordar, casos de la Condesa de las “Bodas de Figaro” o la Nedda de “Pagliacci” que haré el año que viene. Me gustaría tener una evolución hacia personajes más veristas, pero con tranquilidad. Y continuar con el repertorio del clasicismo, volviendo al repertorio francés que he hecho siempre, personajes como Manon, Faust, Pelléas et Mélisande, o como esta Ilia que acabo de protagonizar. Hoy veo estos roles con otra evolución.
- C.L.: Volviendo un poco la vista atrás, tengo entendido que usted iba para guitarrista clásica, después haber estudiado la carrera de Puericultura. Por fortuna para los aficionados al belcanto aquello no llegó a fructificar. - M.B.: Jajajaja… (ríe abiertamente). Es que es un instrumento con una sonoridad que me encanta. Próximamente quiero hacer unos conciertos con guitarrista (Pepe Romero) que ha compuesto un amigo compositor que vive en Berlín, Lorenzo Martínez Palomo. La verdad es que no sé qué hubiera pasado si hubiera hecho guitarra, pero el destino quiso que me decantara por el canto. Tengo claro que en mi vida ha habido momentos claves. En un principio me decanté por la guitarra porque no conocía la profesión lírica. Procedía de un pueblo (Fitero –Navarra) de sólo 3.000 habitantes, donde nunca había visto una ópera. Es verdad que cantaba como solista en la coral de Cintruénigo y tocaba la guitarra, pero de eso a pensar en hacer la carrera que he conseguido media un abismo. Estudié música, guitarra y Puericultura porque me gustaba mucho. Lo que sucede es que en España por aquel entonces, al igual que sigue ocurriendo hoy, se tienden a reconocer sólo como universitarias algunas carreras típicas como pueden ser la Ingeniería Industrial o el Derecho, cuando no se dan cuenta de que una carrera musical es muchísimo más complicada de realizar. - C.L.: ¿Ha tenido algún cantante como referencia en su vida? ¿Cuáles eran sus ídolos de infancia? - M.B.: Nunca he sido de ídolos y tampoco tuve una figura concreta en mi juventud. Me gustaba cantar canciones de Mercedes Sosa, de Mocedades, de María Ostiz, porque era lo que se llevaba en la época, pero no tenía pósters colocados en mi habitación. No era fetichista en ese aspecto, no lo he sido nunca. Como tampoco en el canto lírico. Me ha encantado Teresa Berganza, tengo todos sus discos, además he tenido la suerte de cantar con ella y ser su amiga. He escuchado a Cotrubas, a Freni, a Caballé, a Victoria de los Angeles. Me encanta cada una con su personalidad, aspecto que deberíamos aclarar porque cada artista tiene su personalidad e interpreta el mismo personaje de diferente forma. Eso es lo maravilloso de la música. Los cantantes no somos más que meros partícipes de lo que el compositor ha hecho. A veces los aficionados a la ópera tienen esos clichés, sin embargo, en mi opinión la grandeza de la ópera reside en que todas estas grandes cantantes han hecho sus grandes roles sin pretender parecerse entre ellas. - C.L.: Hablaba usted anteriormente del azar. ¿Considera positivos todos los pasos que ha tomado en su carrera o reconoce haber cometido algún error? - M.B.: Todos cometemos errores. Pienso que muchas veces he dicho “no” a grandes teatros cuando quizá tenía que haber dicho “sí”. Pero también hay que saber decir “no” en esta profesión. Volviendo la vista atrás por ejemplo en el Metropolitan me pidieron una cosa y me obcequé en que debía ser de otra manera. Si hubiera hecho aquello –que no me hubiera costado nada hacerlo- seguramente hubiera seguido cantando allí. Pero de igual manera, muchas veces he dicho “no” y no me he arrepentido en absoluto. Creo incluso que esta salud vocal que tengo se debe precisamente a ello. No obstante, todos cometemos errores. Muchas veces decir “sí” también pueda resultar perjudicial. Lo más importante es que las decisiones las tomemos los propios cantantes. Nosotros conocemos nuestros límites y somos libres de equivocarnos. El problema es que la gente recuerda más una equivocación que 1.000 aciertos. Por ejemplo, de Mirella Freni todo el mundo te cuenta que su Traviata en la Scala no estuvo bien…, pero yo me pregunto: ¿y qué pasa con el resto de su carrera? Ha sido grandiosa. Parece que los cantantes líricos no tenemos derecho a equivocarnos. Hay cantantes que se han atenido a un solo repertorio, me parece fantástico y completamente respetable, pero a mi me ha gustado correr riesgos y por eso me he metido en muchos repertorios, desde barroco hasta contemporáneo.
- C.L.: El triunfo en el Concurso de Belvedère fue un punto de inflexión en su carrera. Usted no se cansa de repetir, sin embargo, que llevaba ya 10 años de preparación. De carrera, en definitiva. - M.B.: Efectivamente, no deja de ser carrera artística. Empecé a los 17, Belvedère sucedió con 27-28 años, llevaba 3 años en Alemania haciendo muchas cosas, nos invitaban a hacer mucho oratorio a los estudiantes de la Universidad de canto. Quiero decir que para entonces llevaba mucho tiempo trabajando. - C.L.: ¿En la ópera se necesitan padrinos para que a un cantante se le abran las puertas de los teatros? - M.B.: Gracias a Dios yo no los he necesitado. Lo que si debo decir es que cuando gané el concurso Belvedére tuve la gran suerte de conocer a Teresa Berganza, quien habló positivamente de mí a todo el mundo que ella conocía. También conocí a Plácido Domingo que me invitó a hacer alguna gala. Pero sobre todo Teresa Berganza. Desde el día que me escuchó, habló siempre muy bien de mí. Le gustó muchísimo mi voz, mi forma de cantar. - C.L.: Después de haber tocado el cielo con tantos éxitos y reconocimientos, ¿no se corre el riesgo de caer en cierta rutina? ¿Se puede saltar al escenario con la misma ilusión que cuando era joven? - M.B.: Sí, sí, sí, sí (rotunda), pero también con más desengaños porque mucha gente no sabe que en el mundo de la ópera suceden muchas cosas. Te prometen cosas que luego no llegan. O escuchas decir a un director de escena que no le das el tipo necesario… Te llevas decepciones pero la ilusión por salir al escenario no se me quita y el momento que lo considere como una rutina será el día que lo deje. Salir al escenario es como saltar al ruedo y enfrentarte al toro. Y respecto a lo de tocar el cielo no es así realmente, atravesamos momentos bajos. Hoy, por ejemplo, estoy un poco baja de moral porque acaba de terminarse esta producción y después de crear tanto durante estos días de pronto parece como si se me acabara una etapa de mi vida. Una de las cosas más tremendas de nuestra carrera es que cada día tienes demostrar tu valía. Cuando estoy en momentos bajos, para superarme me digo a mi misma “¿te acuerdas de aquella noche, y de aquella otra y de la de más allá, mucho más difíciles que esta y que lograste salir adelante? Es lo que me da la fuerza necesaria para seguir adelante.
- C.L.: ¿Cuál es el momento más emotivo que ha vivido encima de un escenario? - M.B.: Recuerdo con especial cariño mi debut en la Scala, un teatro mítico, cuando me tiraron flores desde los últimos palcos. Hay otros momentos inolvidables en mi carrera como mi debut en La Bastilla, en el Colón de Buenos Aires, en Madrid ya no sólo con Susana, sino con Rinaldo de Haendel, cuando estaba en aquella cárcel… Todo el mundo me lo recuerda como un momento muy especial. - C.L.: ¿Recuerda en qué teatro se ha visto obligada a regalar más bises? - M.B.: Sí, en Marsella. Yo pensaba que aquellas historias de los bises ya no existían. Y con las “Bodas de Figaro” en Marsella fue increíble. Después del aria me aplaudían y aplaudían y aquello no cesaba… Cuando conseguí salir del escenario, me vino el director del teatro y me dijo: ¿Por qué no has bisado, si en este teatro cuando te aplauden así se ha de bisar? Bis, bis, bis, por favor… Volví posteriormente al teatro con el Barbero de Sevilla y cada noche tuve que hacer bises en el aria de la Rossina. - C.L.: ¿Y la situación más complicada por la que ha pasado? - M.B.: Afortunadamente no he pasado por muchas. Puedes tener alguna noche complicada cuando estás enferma o con catarro, teniendo que sacar fuerzas de flaqueza. Le cuento una anécdota muy reciente: en Berlín he estado haciendo tres “Boheme”. En la última función me encontré con que el día que tenía que viajar me picaba un poco la garganta. Tenía mucosidad y me entraron las dudas pensando que estaba cogiendo un catarro importante. Como soy tan profesional, pensé que igual no era nada y decidí ir. Llegué a Berlín y aquello no iba mejor, pero seguía pensando en mi interior que descansando mejoraría. Llamé al teatro a las siete de la tarde y les dije que no aseguraba que pudiera cantar porque tenía un catarro tremendo. “No por favor, mañana es sábado, reconsidere su postura… tiene que actuar”, me insistían. Les dije “yo soy la primera que he venido desde mi casa para poder cantar pero mañana a las 10 iré al foniatra y allí les diré si anulo o no. Aquella noche la pasé fatal, en vela, no podía respirar… A las 7 de la mañana cuando ya no podía dormir, me levanté, fui al baño e hice una vocalización, encontrándome fenomenal. Fui al foniatra después, me examinó y me dijo: “¿Tiene usted las cuerdas vocales fantásticas, blancas, intachables. ¿Se siente con fuerzas para resistir la función? ¿Puede descansar esta tarde y dormir? Sí, le respondí. Me dio una cosa para despejar la nariz, pude dormir algo y me fui para el teatro. Me dijeron si anunciaban que estaba enferma, les dije que no… Horas más tarde tenía un triunfo indescriptible. Funcionamos con técnica y al fin y al cabo si no nos afecta la garganta podemos llegar a cantar. Pero con esto quiero decir que pasamos por momentos de desesperación total por la deliberación de saber si estamos o no en condiciones. Nadie sabe verdaderamente lo mal que llegamos a pasar los cantantes.
- C.L.: Comentaba usted antes su indudable evolución vocal. Y a nivel interpretativo, ¿siente que ha progresado su capacidad teatral? - M.B.: Sin duda. No soy la misma que empecé. Me ha tocado trabajar con directores de escena de todo tipo y he aprendido muchísimo. De igual manera que con los mismos directores musicales porque al fin y al cabo la interpretación no es sólo teatral sino vocal, de ese recitativo, de ese personaje, de ese decir las palabras… Estoy en un momento de madurez espléndido.
- C-L.: No puedo dejar de preguntarle por los montajes vanguardistas. ¿Qué opinión le merecen? - M.B.: Hay algunos que están bien y hay otros que no me gustan nada. El hacer por hacer no me convence. Ahora, cuando hay un trabajo de fondo, un sentido, cuando no se obvia la música y los cantantes, son bienvenidos. He hecho cosas rompedoras en escena que me han gustado mucho, he trabajado con directores de escena muy inteligentes y ahí es donde reside todo. Este “Idomeneo” ha podido gustar más o menos, pero el trabajo escénico de lo que es el personaje, me ha encantado. Brieger es actor, trabaja muy bien el texto y el recitativo, otra cosa es lo que haya después detrás… Pero este trabajo escénico pienso que sirve para reflexionar sobre muchas cosas de nuestro siglo. En el fondo, no podemos dejar de pensar que este “Idomeneo” nos está recordando que todavía en nuestro siglo estamos luchando pueblo con pueblo, y en el fondo es un canto a la paz. Mozart en el fondo era un visionario. - C.L.: Para finalizar, ¿qué le pide al futuro? - M.B.: Salud para mí y, sobre todo, para mi hija Ilia (de sólo 20 meses). En esta profesión sin salud no se puede hacer nada. María Bayo. Una gran dama. Dentro y fuera de los escenarios. |