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Richard Strauss y Antoine Mariotte frente a frente en Montpellier. 3 y 4 de diciembre
“SALOME “ de R. Strauss : M. Uhl (Salome), G. Siegel (Herodes), J. Juon (Herodias), J.Rutherford (Jochanaan), M. Reijans (Narraboth), etc.
“SALOMÉ ” de A. Mariotte : K. Aldrich (Salomé), J. Juon (Hérodias), J-L. Chignaud (Iokanaan), M. Reijans (Un joven sirio), etc. Dir. musical : Friedemann Layer. Dir. de escena : Carlos Wagner.
Fotos: Marc Ginot / Opéra National de Montpellier
El acontecimiento lírico del otoño en la región mediterránea fue, sin duda, la presentación de estas dos obras encuadradas en una misma producción. La ampliamente difundida “Salome” del alemán Richard Strauss (1864-1949), estrenada en Dresde hace ahora ya cien años, frente a la casi desconocida, y musicalmente no menos valiosa, “Salomé” del francés Antoine Mariotte (1875-1944). Este último, mucho menos conocido, merece ser rescatado del limbo en que se encuentra dada la calidad de su obra. Lo aquí escuchado no desmereció a la obra homónima del gigante Strauss.
Después de una tortuosa historia en la que se mezclan los derechos de autor de Wilde y Strauss sobre esta obra, Mariotte pudo estrenar su “Salomé” en Lyon en octubre de 1908. Sería la primera de un total de seis óperas. En ella podemos encontrar un entramado orquestal de gran valía. El estilo de la Schola Cantorum, en donde fue discípulo de Vincent D’Indy, se encuentra con indeleblemente marcado en Mariotte, que desarrolla una sólida instrumentación, sensual y refinada, y una abundante invención melódica en esta primera incursión operística. No obstante, también cierta monotonía, por las pocas variables de ritmo y expresión, se hace patente. Como todo, esta “Salomé” tiene sus más y sus menos, pero es realmente un título que podría, y debería, estar en repertorio. La originalidad de presentarlas utilizando una misma idea escénica señaló aún más las diferencias de una y otra. Un gran acierto de la programación, siempre sorprendente, de la Opéra Nacional de Montpellier.
El director de escena, Carlos Wagner, exprimió el histrionismo de todos los solistas, algunos mejor dotados que otros, todo hay que decirlo. Con una escenografía de limpias y rotundas formas, magnificada por una iluminación excelente, se concentró en mover, a veces demasiado, a los personajes que pueblan ambas obras, menos numerosos en la de Mariotte, y en la gesticulación adecuada de los protagónicos: la princesa de Judea que da nombre a la obra, su madre (Herodías) y la pareja de esta (Herodes). Las escaleras, utilizadas como entrada triunfal de estod tres personajes poderosos, como miradores para los colaboradores ‘voyeurs’ de Herodes en la danza de Salomé, como pasarela de la intrigante y egoísta Herodías, o, en sentido más amplio, como podio dominador desde donde se contempla el desastre que puede causar los sentimientos humanos; no fue un elemento en nada gratuito. El agujero donde permanecía encarcelado el profeta, recuerda a las torres de ventilación de túneles contemporáneos, clara metáfora de las suciedades ventiladas por la boca de éste. Y muchos otros detalles, que harían demasiado larga esta reseña, tuvieron su razón de ser sin excesivo retorcimientos en las ideas y una inteligencia en el discurso narrativo que se agradece.
Primero presencié la de Strauss, donde la magnífica Salome de Manuela Uhl sorprendió a mas de uno. La soprano posee un instrumento canoro de calidad, que manejado con una técnica estupenda y unas cualidades de actriz de primera, la llevaron a cosechar un triunfo apoteósico. La voz, fresca y espléndida de sonido, estuvo acordé a la sensualidad de su interpretación. El otro triunfador de la noche fue el tenor Gerhard Siegel, que compuso un histérico, patético y envilecido Herodes. De hermoso timbre y bien proyectada voz, no tuvo problemas en atravesar el “muro” orquestal. Detalle en el que falló en algunas ocasiones el bajo-barítono James Rutherford, Jochanaan, pero mostró una bella línea de canto, además del oportuno toque trascendental a sus líneas. La mezzosoprano suiza Julia Juon, que tan buena impresión me causara en “Die Frau ohne Schatten” en el Teatro Real de Madrid la temporada pasada, fue una Herodias demasiado histriónica y, a pasar de su evidente caudal vocal, cuyas prestaciones están en perfecto estado, pareció no encontrarse a completo gusto en su cometido. También hay que señalar que su vestuario, y el de Herodes, eran los menos favorecedores de la producción. Ella también fue Hérodias en la ópera de Mariotte, al día siguiente, y lo anotado antes puede ser aplicado para esta otra intervención. Marcel Reijans, tenor neerlandés de amplio registro y claro timbre, también estuvo en las dos obras, como Narraboth en la del alemán y como “joven Sirio” en la del francés. En ambas tuvo una sobresaliente interpretación por las facultades antes mencionadas. El profeta Iokanaan de la obra de Mariotte fue interpreado por el barítono Jean-Luc Chignaud otorgándole cierta majestuosidad con su aterciopelado y convincente color vocal. Aquí también los mayores aplausos fueron para Salomé, esta vez en la persona de la mezzosoprano estadounidense Kate Aldrich, tan estupenda actriz como cantante, que supo mostrar la cara más dulce de esta niña-mujer, que pierde los estribos, y también la vida, por una pasión no correspondida. Friedamann Layer llevó a la orquesta con precisión pero corto de inspiración lírica y volumen excesivo en ocasiones.
Fotos: Marc Ginot / Opéra National de Montpellier

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