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SEMIRAMIDE. Autor: Gioachino Rossini. Intérpretes: Darina Takova, Daniela Barcellona, Ildar Abdrazakov, Juan Diego Flórez, Sandra Pastrana, Miguel Angel Zapater, Eduardo Santamaría, Randall Jakobsch. Coro y orquesta del Liceu. Director musical: Riccardo Frizza. Director escénico: Dieter Kaegi. Iluminación: Roberto Ventura. Gran Teatre del Liceu (21/11/2005). MARATÓN ROSSINIANO
 La empresa se antojaba complicada. Tanto para los intérpretes como para el propio público. Nada menos que cuatro horas seguidas de Semiramide, la más suntuosa y valorada opera seria del Cisne de Pesaro, que volvía a escenificarse en el Liceu tras 116 años de ausencia. Durante decenios esta obra no se representaba en los teatros debido esencialmente a que los intérpretes vocales no eran capaces de convertir en cálidas emociones los innumerables acrobatismos musicales que encierra tan sublime ópera. Esta vez, sin embargo, la excepcional labor de los cantantes resultó clave para que el desarrollo del maratón rossiniano resultara harto satisfactorio.
Dentro del fantástico reparto, el solista más aclamado resultó el tenor Juan Diego Flórez (Idreno)quien, a pesar de actuar como secundario en el papel del rey indio (Idreno), logró merced a su virtuosismo canoro poner el teatro boca abajo. El peruano demostró un control de fiato extraordinario, un fraseo excepcional así como un registro sobreagudo sobresaliente, amén de una coloratura prodigiosa. En su última aria tuvo que salir a escena a saludar después de haberse marchado, tras una atronadora salva de aplausos y bravos. Estamos ante el cantante ligero más galáctico de los últimos tiempos.
En similares parámetros rayaron las actuaciones de la mezzo Daniella Barcellona, en su debut local, y el bajo ruso Ildar Abdrazakov. La primera pudo con todas y cada una de sus inacabables arias, plenas de cabalettas y recitativos, con su voz robusta y poderosa, de un brillo un tanto opaco. La de Trieste se llevó un mar de aplausos. Abdrazakov brilló en su papel del malvado Assur, exhibiendo grandes dotes interpretativas y una voz carnosa y sugerente.
El complicado rol de Semiramide recayó en la soprano Darina Takova, quien hizo gala de un amplio, bello y seguro registro. Pese su magnífica actuación, la búlgara recibió de manera incomprensible un menor reconocimiento. La soprano granadina Sandra Pastrana cumplió con creces en su discreto papel de Azema, al igual que el tenor cántabro Eduardo Santamaría en el papel del capitán Mitrane y Miguel Angel Zapater, con un Oroe a ratos atronador.
En una escala inferior estuvo la dirección orquestal del maestro Riccardo Frizza, quien tras una insípida y excesivamente aséptica obertura supo al menos corregir el rumbo imprimiendo mayor dinamismo a la obra. Quedó demostrado de todas maneras que a la Orquesta del Liceu le falta agilidad para este tipo de repertorio.
Los abucheos (contundentes y mayoritarios) fueron finalmente para Dieter Kaegi y William Orlando, directores de escena y de escenografía y vesturio respectivamente, por crear un atmósfera espacial -que imitaba el decorado de la película de Kubrick Teléfono Rojo, con detalles de la serie Star Trek- sin la menor conexión con la obra representada.





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