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Butterfly en el Teatro Campoamor de Oviedo, 16/11/2005
 Música de Giacomo Puccini. Libreto de Luigi Illica, según las obras de John Luther Long y David Belasco.
Reparto: Verónica Villarroel, Marina Rodríguez-Cusí, María José Suárez , Fabio Sartori, Carlos Bergasa, José Ruiz, Celestino Varela, Luis Cansino, Xavier Mendoza, José Manuel Díaz, Ángel Villa, Virginia Vega, Elisabeth Expósito, Paula Lueje. Dirección musical: Alain Guingal. Dirección de escena y escenografía: Mario Pontiggia Diseño de vestuario: Shizuko Omachi Diseño de iluminación: Eduardo Bravo. Producción de la Ópera de Montecarlo y el Festival de Ópera de Las Palmas ¿OVIEDO O JAPON? El pasado 16 de Noviembre el Teatro Campoamor de Oviedo ofreció la primera de las tres representaciones de Madama Butterfly de Puccini. Una ópera tan presente en las programaciones operísticas siempre crea una gran expectativa. En esta ocasión, quien buscara algo diferente lo pudo encontrar. Aparentemente, la producción que presentaba la Ópera de Montecarlo y el Festival de Ópera de Las Palmas no ofrecía grandes novedades. Se presentaba una concepción escénica clásica, sin sorpresas ni adaptaciones modernistas como las que últimamente nos acostumbran los directores de escena. El punto destacable fue que, dentro de un encuadre clásico, tanto Mario Pontiggia como Shizuko Omachi y Eduardo Bravo consiguieron una magia especial haciendo que por tres horas nos trasladáramos realmente al Nagasaki de principios del siglo XX. Pontiggia colocó espejos que hicieron que toda la escena tuviera una gran amplitud e introdujo elementos decorativos que sin ser abundantes sí fueron significativos. El movimiento de los personajes estaba también estudiado, desde la forma de caminar hasta el manejo de los elementos usados por las mujeres o la forma de llevar el kimono. Al diseño de vestuario, realizado por Shizuko (de nacionalidad japonesa) no se le pueden poner objeciones, hecho con gusto y gran cuidado en los detalles.
 La iluminación y efectos de luz, a cargo de Eduardo Bravo, sobre todo en el segundo y tercer acto, dieron realmente el toque complementario perfecto al desarrollo de la acción. Difícil será olvidar el árbol de hojas blancas del segundo acto bajo los cambios de luz, al igual que el rojo intenso con el que se tiñó el escenario en el final de la ópera. Fue realmente una auténtica delicia para los sentidos. Todo ello estuvo aderezado con un magnífico reparto, sobre todo en las voces femeninas. La tan esperada Verónica Villarroel estuvo soberbia, exhibiendo una voz grande, bien proyectada y de gran ductibilidad, adaptándose en cada momento a las condiciones del papel tanto vocal como escénicamente. Marina Rodríguez-Cusí estuvo en la misma línea de calidad, con una voz que empastaba perfectamente con la de la soprano y de gran expresividad sobre todo en la zona central, de tal forma que el famoso dúo de las flores”Tutti i fior” del segundo acto resultó uno de los más efectistas de la velada.
El tenor Fabio Sartori, a pesar de mostrar potencia, seguridad y firmeza en el registro agudo, representó un Pinkerton poco convincente tanto vocal como escénicamente, cantando con poco gusto sobre todo en el primer acto, y poco compenetrado con sus compañeros, incluyendo el director musical. En cambio, el aria “Addio fiorito asil”del tercer acto la encaró con otra actitud consiguiendo un buen resultado. El barítono Carlos Bergasa fue un Sharpless muy correcto pero poco implicado con el personaje, echando en falta más presencia escénica y un poco más de volumen vocal. José Ruiz interpretó un Goro muy convincente vocal y escénicamente, no siendo el caso del Príncipe Yamadori de Celestino Varela, al que le faltó convicción en ambos aspectos. En cuanto al resto del reparto, cumplieron bien su cometido, destacando especialmente la actuación de Luis Cansino como lo zio Bonzo.  El Coro de la Asociación Asturiana de Amigos de la Opera, bajo la dirección de Francisco Javier Aizpiri estuvo a la altura, destacando la parte femenina en el famoso “coro a bocca chiusa” del final del segundo acto. La Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, bajo la dirección de Alain Guindal fueron los encargados de rematar el conjunto, y lo hicieron de forma extraordinaria. Alain Guindal demostró ser buen conocedor de la riqueza instrumental que Puccini desplegó en esta obra, y la compenetración entre músicos y director se hizo notar. El público del Teatro Campoamor de Oviedo, que presentaba un lleno absoluto, redondeó la velada dedicando una merecida y larga ovación. Fotos: Carlos, Opera de Oviedo. |