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Los troyanos llegan a orillas del Rin.
Les Troyens. Hector Berlioz (1803-1869) Düsseldorf (Opernhaus, 11-XI-2005) y Duisburg (Theater, 13-XI-2005)
Cassandre: Evelyn Herlitzius, Didon: Jeanne Piland, Énée: Albert Bonnema, Chorèbe: Boris Statsenko, Anna: Katarcyna Kunzio, Ascagne: Anke Krabbe, Narbal: Thorsten Grümbel, Panthée: Günes Gürle, Iopas: Fabrice Farina, Hylas: Norbert Ernst, Hécube: Nassrin Azarni, Hélénus: Sergey Tkachenko. Düsseldorfer Symphoniker, Coro de la Deutsche Oper am Rheim. Director de escena: Christof Loy. Director musical: John Fiore.
Con fama de ser una de las obras más difíciles de cantar y de llevar a escena, la monumental obra de Berlioz se ha convertido en una verdadera rareza.
En la Deutsche Oper am Rhein (Ópera Alemana del Rin) se programó por primera vez en este otoño, presentándola en las dos partes que el propio compositor denomino con sendos títulos: “La prise de Troie” (Actos I y II) y “Les troyens à Carthage” (Actos III, IV y V). Embarcarse en una empresa de las dimensiones de “Les Troyens”, sin duda, requiere emplearse a fondo. Y aquí lo hicieron.
Aprovechando que la Deutsche Oper am Rheim dispone de dos estupendas sedes, dispusieron ofrecer la primera parte en Duisburg y la segunda en Düsseldorf. Fue como rizar el rizo al argumento de la obra, cuyo libreto escribió el propio compositor, ya que en la primera parte (“La toma de Torya) nos situa en la mítica Troya para, pasados los años, ubicarnos en Cartago, a partir del Acto III, (el comienzo de “Los troyanos en Cartago”). Cuando tuvo lugar el estreno absoluto de la obra, se hizo también por partes, la Segunda Parte en 1863 y la Primera Parte en 1879, diez años después de la muerte del compositor, vilipendiado por muchos de sus contemporaneous. Aquí las presencié en ese orden, en las ciudades mencionadas líneas arriba.
 Fotografías de: Eduard Straub
La puesta en escena de Christoff Loy, que traslada los sucesos a tiempos modernos, es de gran eficacia y apoya el discurso de la acción con claridad. La escenografía (Herbert Murauer) creó el ambiente adecuado a estos tiempos sin renunciar a la belleza visual, como en la casa de descanso de la reina Dido (Acto IV), practicamente copiada – muebles incluídos – del Pabellón Alemán diseñado por Mies van der Rohe para la Exposición de Barcelona (1929); o el salon de actos en el que la mencionada reina celebra siete años de exitoso reinado. O el sugerente palacio neoclásico, semiderruido por la guerra. Por el vestuario (Michaela Barth) podría aventurarme a decur que estabamos presenciando el final de la Segunda Guerra Mundial. Musicalmente las cosas no se quedaron por debajo de lo escénico. El estadounidense John Fiore concerto con firmeza a solistas, coro y orquesta, con tempi que aligeraron el excesivo dramatismo de algunas escenas. La solvencia de los conjuntos estables de la casa permite esperar un resultado final de buen nivel pero, hablando claro, la Sinfónica de Düsseldorf ocupa una posición destacata en el panorama musical alemán, por ello los primeros parabienes van a todos los integrantes.
 Con lo que escuché en esas dos sesiones estarían en primera posición en países geográficamente muy cercanos. El sonido de calidad homogénea, denso o transparente según lo requirió la batuta, fue de sueño. De la larga lista de solistas, mencionaré a quienes más me sorprendieron, positiva o negativamente. En la opera, como en casi todo, hay figuras mediáticas que se apoyan en diversos mecanismos para sobresalir, y otras que exclusivamente fundamentan su carrera en la valía artística de sus cualidades. Este caso es el de la soprano Jeanne Piland – que ha cantado indistintamente papeles de mezzosoprano y de soprano dramática –, Didon en estas representaciones. Exiten grabraciones con cantantes de la talla de, entre otras, Shirley Verret, Regina Resnik, Christa Ludwig, Giulietta Simionato y más recientemente Susan Graham. Piland se equiparó en calidad a ellas, con el “plus” de una soberbia actuación, otorgando a la reina Dido una dignidad impresionante. En el acto final, un poco cansada vocalmente, pero intacta en la majestuosidad dada al personaje, ordenó su autoinmolación con vehemencia, con voz oscura, bien proyectada y audible en todo el registro, ¡emocionante! De parecida dimension artística es la soprano Evelyn Herlitzius (Brünnhilde en Bayreuth), una Cassandre fascinante, de relieves histéricos aumentados con el vibrato, bien controlado, que se aprecia en su robusta voz. Decepcionante el tenor neerlandés Albert Bonnema como Énée,que dosificó sus medios para abordar el papel con decoro y llegar hasta el final, lo que es de agradecer. Escamoteó notas agudas y paso de puntillas por las graves pero puso empeño en hacer creíble su nada fácil papel. Muy buenas las prestaciones vocales y escénicas del bajo Thorsten Grümbel (Narbal), y de la mezzosoprano polaca Katarcyna Kuncio (Anna). Eficientes en sus cometidos la soprano Anke Krabbe (Ascagne), y el barítono Boris Statsenko (Chorèbe). Pocas veces se puede disfrutar de esta superlativa obra y cuando está bien confeccionada, que es el caso de la aquí comentada, uno se pregunta el por qué no se populariza al igual que otros títulos igual o más difíciles de representas. Como dato para los curiosos, el papel de Cassandre y Didon han sido abordados por una misma cantante. En registros sonoros como el de Sir Thomas Beecham con Marisa Ferrer (1947), Georges Prêtre con Régine Crespin (1965) y el DVD de Sylvain Cambreling con Deborah Polaski en la puesta en escena salzburgueza de 2000 que dirigió Herbert Wernicke. Fotografías de: Eduard Straub |