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LA GIOCONDA Autores: Amilcare Ponchielli sobre libreto de Tobia Gorrio (Arrigo Boito), basado en un drama de Víctor Hugo. Intérpretes: Deborah Voigt, Elisabetta Fiorillo, Carlo Colombara, Ewa Podlés, Richard Margison, Vittorio Vitelli, Josep Ribot, Jon Plazaola, Pavel Kudinov. Angel Corella y Letizia Giuliani, bailarines. Coro del Liceu, Cor Vivaldi. Orquestra Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Dirección: Daniele Callegari. Producción: Arena de Verona/ Teatro Real de Madrid/ Gran Teatre del Liceu. Dirección escénica, escenografía y vestuario: Pier Luigi Pizzi. Coreografía: Gheorghe Iancu. Iluminación: Sergio Rossi. Gran Teatre del Liceu (25/10/2005)
 Fotografías: Antoni Bofill
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VERDADERO GOZO Como éxito absoluto puede catalogarse esta última Gioconda que, como en todas y cada una de las anteriores funciones (11) representadas a lo largo del mes de Octubre, logró abarrotar el aforo del gran coliseo barcelonés. No hay duda de que la presencia de primeras figuras acaba siendo el mejor reclamo para los aficionados. Si a eso se añade el hecho de que este título llevaba veinte años sin ser programado en el Liceu, y que pertenece al gran repertorio, aquel por el que suspira la gran mayoría de los amantes de la lírica, todo queda dicho.
El triunfo generalizado se sustentó en una brillante dirección escénica del milanés Pier Luigi Pizzi que lejos de experimentos vanguardistas, ofreció un espectáculo sobrio y elegante. Notable también el apartado luminotécnico, obra del romano Sergio Rossi, quien ayudó a recrear los momentos de pasión, drama e inspiración melódica que encierra la obra de Ponchielli
En el apartado de solistas, el elenco estuvo a la altura de las circunstancias, si bien las féminas pudieron con sus colegas de reparto masculinos. Deborah Voigt bordó el papel principal. Estilizada respecto a épocas pasadas (recuerden el desagradable episodio que vivió hace poco más de un año en el Covent Garden donde fue retirada del cartel por exceso de peso), la soprano estadounidense demostró sus facultades vocales y escénicas en todo su esplendor, alternando con maestría pasajes graves con agilidades ligeras en su complicadísimo rol de cantante callejera. Dotada de un instrumento vocal excepcional, pocas sopranos en el mundo son capaces hoy en día de cantar como ella.
Impactante resultó también la actuación de Elisabetta Fiorillo en el papel de Laura. La menuda mezzosoprano italiana cantó con pasión y entrega, echando toda la carne en el asador, vaciándose en escena. El público premió su esfuerzo y calidad interpretativa con estruendosas ovaciones. La tercera mujer en discordia, Ewa Podles, sobrecogió los corazones de los presentes con su rotundidad vocal y escénica en el breve pero crucial papel de la Cieca.
Como tenor volvía al Liceu el canadiense Richard Margison y podemos decir que cumplió con el cometido dadas sus capacidades y limitaciones vocales. El papel de Enzo exige un cantante de proyección y agudos importantes y ante esa tesitura Margison no pudo más que defenderse, como en la esperada aria “Cielo e mar” donde no pasó de discreto.
Vittorio Vitelli -que sustituía a un indispuesto Joan Pons-, interpretó con suma eficacia el ingrato papel de Barnaba, en su debut en el coliseo barcelonés. Con el tono amenazador exigible, el barítono italiano (ganador del Premio Operalia Plácido Domingo y de Titto Rufo d´Oro al barítono revelación del año 1996) demostró poseer un timbre agraciadamente bello. Al igual que su compatriota Carlo Colombara, que cantó un Alvise vengativo y fiero, dejando impronta de su clase en su aria del acto tercero y en la escena con Laura.
La labor del coro resultó espléndida, sin duda una de las mejores de los últimos tiempos. Lo mismo podría decirse de la orquesta, que bajo la batuta del milanés Daniele Callegari, brilló de manera homogénea. El ballet, con Angel Corella y Leticia Giuliani como solistas principales, puso el broche de oro a una noche inolvidable, de verdadero gozo.
Fotografías: Antoni Bofill |