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Un triunfo redondo para la Compañía Nacional de Ópera, con sede en el hermoso Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, es el saldo dejado por las seis funciones de “Roméo et Juliette”. En las primeras cinco de ellas la protagonista estuvo encarnada por la soprano Ainhoa Arteta, teniendo como pareja de su infortunado amor, en tres de ellas, a Fernando de la Mora, al canadiense Fréderic Antoun en una, y para la quinta representación, la que reseño en estas líneas, a Rolando Villazón. La última función fue el primer reencuentro, sobre los escenarios, de la pareja triunfadora de “La Traviata” del verano salzburgués: Anna Netrebko y Villazón.
El director concertador Enrique Patrón de Rueda, siempre cuidadoso con los cantantes, imprimió un ritmo lánguido a los cinco actos de la ópera del compositor francés, con tempi que en ocasiones se convirtieron en pruebas extras al fiato de los solistas y aunque en gran parte de la obra pareció beneficioso ese suave discurrir, hubo pasajes en que hizo falta el brío juvenil de la pareja de enamorados. Otra cuestión es la paleta de colores, más bien escasa, que la Orquesta del Teatro de Bellas Artes mostró en la sonoridad, dejando pálidos atisbos de elegancia por aquí, trazos de morbidez por allá, sin llegar a cuajar del todo la rotunda delicadeza de la partitura del compositor francés. Con todo ello, la interpretación fue más que afortunada y ganaron a pulso el sonoro aplauso final que el público les obsequió.
La tensión sobre el escenario podía adivinarse. Era la primera noche de Villazón, que sin ensayo previo llegaba a la representación, después de un periplo por Japón y un rápido viaje al norte del país azteca para una sesión fotográfica en el desierto de Sonora, cumpliendo un compromiso promocional con el londinense Covent Garden. Y, a pesar de su juventud e innegable extraordinario ímpetu, la factura llegó en forma de una voz menos brillante, en comparación al “Roméo” que le escuché en Viena en marzo de este mismo año, o del “Nemorino” que volvió loco al público en Barcelona y yo también aplaudí a rabiar, el pasado mayo, o al “Rodolfo” de “La Bohème” que presencié en el ya citado teatro de Londres, apenas en julio pasado. Escamoteó algún agudo, no alardeó alargándolos pero cantó con gusto y entrega, y por otro lado, el tenor mexicano es un gran actor y sabe comunicar con los espectadores, a pesar de que aquí lo noté con menos reflejos que en las ocasiones ya mencionadas, llevándoselos a la bolsa con un simple guiño. No es que cantara mal, ni mucho menos. Frasea con estilo y tiene un color cada vez más oscuro que le sienta de maravilla al personaje de “Romèo”.
Quien brilló con intensidad deslumbrante fue Arteta, dando una lección magistral de cómo una niña se transforma en mujer en cinco actos. Del aria del primer acto (“Je veux vivre”), en que la alegría exudaba por todo los poros de la cantante – a pesar de la justeza en alcanzar las notas más altas –, al contundente dramatismo de la preciosa aria del cuarto acto (“Dieu! Quel frisson court dans mes veines”), donde ese metal y pequeño vibrato de la soprano vasca sirven de para subrayar el carácter de enamorada, “Juliette”, decidida a todo para lograr su propósito final, a pesar del terror que le invade al imaginarse sola en el mausoleo familiar. Allí su voz, la de Arteta, tocó el cielo, con una riqueza de armónicos apabullante y un dominio completo de sus facultades. Los dúos fueron electrizantes, mostrando una avenencia entre ellos de antología. De los diez personajes secundarios, todos de excelente nivel, merecen mención el tenor Dante Alcalá (“Teobaldo”), la mezzosoprano Mayté Cervantes (“Gertrudis”) y la soprano María Katzarava en el papel del paje “Stefano”. La puesta en escena, firmada por el argentino Alejandro Chacón, de tinte conceptual, compuso el espacio en una funcional y atractiva escenografía, que daba la pincelada atemporal a la historia, por otro lado fuertemente anclada en el Renacimiento, por la concordancia en vestuario y movimiento escénico – comedidos besos, solemnes fiestas palaciegas – y también fue gratificada por calurosos aplausos del público.
 Foto Ana Lourdes Herrera/ Pró Opera de México
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