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«La walkiria» a medio camino - Palacio de Festivales de Santander
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Written by Arturo Reverter crítico español
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«La walkiria» Andrew Brundson (Siegmund), Gertrud Ottehnthal (Sieglinde), Raphael Sigling (Hunding), Elena Comotti d’Adda (Brünnhilde). Orquesta del Tiroler Festspiele Erl. Director musical y de escena: Gustav Kuhn. Escenografía: Joerg Neumann/Folko Winter. Palacio de Festivales. 1-VIII-2005. Santander.
Festival Internacional de Santander Hay algo consustancial a todas las óperas maduras de Wagner: la penetración íntima y constante entre la línea orquestal y la de canto, de tal manera que una y otra componen un solo cuerpo. De acuerdo con ello, para que una interpretación de una ópera como «La walkiria» –o como «El oro del Rhin», de la que hablaba ayer aquí, con rigor y conocimiento, mi compañero José Luis Pérez de Arteaga– funcione a satis- facción ha de producirse esa simbiosis. En esta disposición del Festival del Tirol, con la orquesta al fondo, tras un velo, la sonoridad queda a veces lejana, difuminada; lo que no fue obstáculo para que pudiéramos disfrutar, después de un tibio primer acto, del buen criterio y la capacidad de desentrañamiento, de clarificación y análisis de planos de la batuta y aplaudir los dignos y aun buenos mimbres de la centuria, quizá algo débil y desguarnecida en su sección de arcos.
No ha de pedirse, desde luego, aquí lo que ni Bayreuth puede atender en esta época de crisis de instrumentos dramáticos. De los participantes en esta función solamente Duccio dal Monte posee empaque y robustez, aunque el timbre sea opaco y la emisión estrangulada. Brundson es un tenorcillo engolado; Sigling, un barítono temblón impropio; y Comotti d’Adda, soprano lírica más bien estridente, una caricatura de Brünnhilde. Ottenthal y Tomcic tienen mayor presencia vocal, pero la una ostenta excesivo vibrato y la otra una desagradable guturalidad.
Las ocho walkirias, con sus ágiles bicicletas, lucieron sobre todo una conjunción asombrosa, casi milagrosa, algo que hay que decir de todo el reparto, que actúa de espaldas a la orquesta sin vacilaciones. Suponen muchas horas de ensayo y el mérito de Kuhn, cuyos oficios como director de escena son, y ayer se comentaba, irrelevantes, con detalles chuscos y una escenografía práctica- mente inexistente, de modestos e ingenuos planteamientos, a veces facilones. Lo mejor son los enfrentamientos entre personajes (pese al irritante y constante quitarse y ponerse las gafas de Wotan).
En todo caso, un aplauso al Festival santanderino por empezar a abrir la veta wagneriana en territorio en principio hostil. |
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