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Verdi acuático en Bregenz
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Written by Juan Antonio Llorente ABC
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BREGENZ (Austria). Ante una inmensa plataforma petrolera sobre el Lago Constanza, la impresión del viajero que llega a Bregenz es la de haberse equivocado. ¿O han encontrado oro negro en la desembocadura del Rin? Lo que tienen ante sus ojos responde a otra cuestión, pero los ciudadanos de Bregenz encontraron su particular yacimiento en 1947 cuando, siguiendo los pasos de Salzburgo, la que se proclama capital cultural de esta zona del país, creó su propio festival, llenando los bolsillos de sus apenas 29.000 habitantes durante el mes largo en que se extiende la programación de conciertos y manifestaciones líricas. Especialmente, gracias a los casi 7.000 espectadores turistas y vecinos de Bodensee (Alemania, Suiza y Lichtenstein), que cada noche presencian el espectáculo sobre el lago.
Esa es la respuesta a lo que el visitante creyó un poltergeist: el escenario, que el caprichoso Robert Carsen ha imaginado para la nueva producción de «Il Trovatore» de Verdi.
Llamaradas de gas
Carsen traslada la acción a un campo petrolífero custodiado por adiestradas fuerzas de seguridad, que los pacíficos gitanos de la ópera inspirada en la tragedia de García Gutiérrez intentan asaltar, golpeando sus armas contra las vallas de protección potenciando el ritmo de los yunques en el famoso coro, mientras grandes llamaradas de gas refuerzan visual y «calurosamente» la percusión de la Sinfónica de Viena a las órdenes de su titular, Fabio Luisi.
Un escenario cuando menos chocante, al que Inés y Leonora llegan en lujosa limusina, y del que esta última escapa con el trovador Manrico, que ha cambiado el laúd por un fusil, antes de ingresar en el convento en una lancha robada a su adversario el Conde de Luna. Espectáculo sobre el espectáculo en un decorado de 711 toneladas y una escena flotante de 56 metros de ancho y 40 de fondo que soportan 247 pilares de madera.
Desmanes de los cantantes
Datos que deslumbran al espectador, ansioso por disfrutar con una experiencia visual que, al fin y al cabo, es lo que se lleva puesto brindándole seguidamente, en la cena que preceda su paseo al casino del complejo festivalero, comentarios con sus amigos. Ya habrán olvidado los desmanes de los cantantes: la desafinación y la falta de fiato del tenor Alfredo Portilla, visiblemente incómodo en las alturas -físicas y canoras- como Manrico; la poca consistencia del Conde de Luna de Zeljko Lucic y la mala pronunciación y el nefasto timbre del Ferrando de Clive Bayley. Porque la amplificación admitida en estos grandes espacios, si bien potencia las voces pequeñas con calidad, también magnifica los fallos. Se salvaron de la metafórica pira dos voces de excepción, que hicieron que la velada mereciese la pena: la Leonora de Sondra Radvanovsky y, sobre todo, la riqueza tímbrica en Leonora de Larissa Diadkova, una de las grandes mezzos del Kirov. Salvo en estos casos, no hubo más calor al concluir la función del estreno que el de los gigantescos quemadores, uniéndose al saludo de los responsables del invento junto a los casi 200 participantes de la representación. |
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