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Otro Tenor abucheado en Francia, Barbero de Sevilla en el festival Aix de Provence
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Written by Juan Antonio Llorente desde Francia
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AIX-EN-PROVENCE. Si lo que quería demostrar Lissner con esta nueva producción de «El Barbero de Sevilla» -la tercera creación absoluta de esta edición- es que esta se puede poner en pie un espectáculo de categoría por cuatro pesetas -perdón, euros-; que la cantera de rossinianos se mantiene viva, y que la ópera escrita sobre el libreto de Cesare Sterbini basándose en Beaumarchais es capaz de levantar el ánimo a la audiencia, los requisitos de partida están sobradamente cumplidos. De hacerlo posible se ha encargado el tándem formado por el director musical Daniele Gatti y el director escénico David Radock, dos caras nuevas en este festival que han caído con buen pie. Ni uno ni otro se han propuesto descubrir al Rossini serio que trasciende a la partitura, sino potenciar la ligereza de esta ópera, que con justicia encabezaría el apartado de «bufas» del compositor. Para eso existen otros foros especializados. Como el Festival de Pesaro, donde Gatti recupera este mismo título el 10 de agosto al frente de la Orquesta del Teatro Comunale de Bolonia, con la que aquí calienta motores.
El principal reto para Radock consistía en llenar el escenario no convencional del Grand Saint Jean, un deslumbrante chateau de la rica campiña provenzal a pocos kilómetros de Aix, con capacidad para 1.200 espectadores. El espacio de mayor aforo del Festival, donde se programarán las obras con más tirón popular, como «El amor de las tres naranjas» del pasado verano (una coproducción con el Teatro Real de Madrid, donde se podrá ver en la temporada 2006-2007). La escenografía propuesta por el checo Radock se reduce a cinco paneles móviles, reproducciones fotográficas de fragmentos del propio chateau que, al moverse, cambian la distribución de la escena, donde el coro y el ballet, con trajes de Ivan Theimer, evocan a los personajes de la «commedia dell´arte», integrando una disciplinada masa al servicio del montaje y del elenco central.
Éste era una auténtica babel al servicio de Rossini presidida por nombres italianos: el barítono Roberto Accurso, defendiendo con justeza el papel de Fiorello; la soprano Giovanna Donadini, sacando adelante con una gran frescura el de Berta; el bajo Alex Exposito, que bordó con buen saber un divertido don Basilio, y el tenor Luigi Petroni que, como Almaviva, fue quien más insatisfacción produjo en parte de la audiencia, que lo abucheó.
El resto del reparto principal fue una caja de sorpresas por procedencias y quehaceres. Empezando por el barítono-bajo estadounidense John del Carlo, asiduo del Met neoyorkino, que dibujó un perfecto don Bartolo; y terminando por dos suecos que, a pesar de los problemas de fraseo, consiguieron los laureles de la noche: la soprano Camilla Tilling, con bonita voz, algo pequeña, a falta de depurar los ornamentos para redondear el personaje, y Peter Mattei, que se ha vuelto a llevar el gato al agua con un Figaro lleno de vida y frescura que conquistó definitivamente al respetable.
Un solo consejo a los regidores: pongan un fieltro a las puertas que centran los cinco módulos. Aunque Rossini fuese un innovador, en sus partituras no aparece escrita en el apartado de la percusión ninguna llamada al contínuo traqueteo del abrir y cerrar que requiere una acción tan vital. Y el público se lo puede acabar creyendo. |
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