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miércoles, 14 mayo 2008 |
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Falleció Carlo Maria Giulini, mítico director italiano
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Written by La Razón
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| Muere Giulini, el último caballero espiritual de la batuta | | | El mítico director de orquesta italiano falleció el martes a los 91 años en una clínica de Brescia, donde estaba internado a causa de su delicado estado de salud | | | Se había retirado de los escenarios en 1999, sin embargo, su magisterio seguía vivo. Desde ayer ya se le recuerda como uno de los directores de orquesta más grandes que ha dado la historia de la música. |  | |  | Madrid- El martes por la tarde fallecía en una clínica de Brescia, en donde trabaja como médico uno de sus hijos, el ya mítico director italiano Carlo María Giulini. Había ingresado en ella a primeros de mayo, por las fechas de su noventa y un aniversario, a causa de un cansancio generalizado. Hacía justamente un año que experimentó el mismo decaimiento general, las nulas ganas de vivir, pero aquella vez se pudo recuperar. Desde hacía meses había abandonado su casa de Milán, a pocos metros de la Scala, en donde vivía a oscuras, con las persianas totalmente cerradas y sin apenas salir, para refugiarse en una finca de Bolzano. Es precisamente en esta ciudad donde tuvieron lugar los funerales. Escribo estas líneas emocionado, con los recuerdos de una extensa conversación en su hotel favorito de Londres, el Connaught, en donde vi llorar al maestro hablando de música, y de la música del último tiempo de la «Novena» de Bruckner, una de sus mejores grabaciones y un monumento a las despedidas. En esa versión está toda la esencia giuliniana: la aproximación a la música concebida como un acto de amor. De ahí la espiritualidad que emana de sus interpretaciones.
La célebre nota falsa. Primero fue Karajan, luego Bernstein, Kempe, Celibidache, Kubelik, Solti, Sanderling, y, ahora, Giulini. Desaparece así completamente la última de las grandes generaciones de auténticos maestros de orquesta de la que Giulini era su caballero espiritual. Había comenzado su carrera como viola en la orquesta de Augusteo de Roma, donde tocó bajo la dirección de Klemperer, de Sabata y Walter. Tuvo que interrumpir sus estudios de composición en la Academia de Santa Cecilia a causa de la guerra, pasando a la clandestinidad dada su mentalidad antifascista. Una vez liberada Roma, dirigió la «Cuarta» de Brahms con su antigua orquesta y quizá ya comenzó a cambiar la célebre nota falsa –«la sostenido» o «la natural»– de la variación 27. «La vida breve», de Falla, fue una de las primeras óperas que dirigió, en versión de concierto, como sucesor de Previtali en la Orquesta de la RAI de Turín, mientras que su primera ópera en escena fue «Traviata» con Maria Callas en Bérgamo (1951), y al poco fue nombrado ayudante de Sábata en la Scala. Sucedió a éste en la titularidad en 1954, y se estrenó con una «Wally» junto a Tebaldi y Del Monaco. Allí dirigiría también la emblemática producción de «Traviata» de Lucchino Visconti y Callas, dos de los artistas con los que trabajó más a gusto la ópera. A partir de ahí, la ya también inmensa y larga carrera sinfónica, casi siempre por libre, aunque con contratos especiales con Chicago, la Sinfónica de Viena y Los Ángeles. La discografía es amplísima, con versiones de referencia para el «Réquiem», de Verdi, las «Novenas» de Beethoven, Dvorak, Schubert y, sobre todo, Bruckner y Mahler, el ciclo de Brahms, los conciertos de Chopin, primero con Rubinstein y luego con Zimerman, «El amor brujo», con Victoria de los Ángeles, el «Don Giovanni», el «Don Carlo», de Verdi, con Montserrat Caballé y Plácido Domingo, o el mismo «Falstaff», su último trabajo lírico en escena. En todo ello latía un denominador común: Giulini sólo dirigía músicas que formasen parte de su vida, que él comprendiese y amase. «Dirigir es un acto de amor», solía decir. De ahí sus dos únicas sinfonías mahlerianas –primera y novena– o su alejamiento de Puccini y la música contemporánea. Se retiró a finales de la pasada década, tras un desvanecimiento en el podio, pero continuó trabajando con los jóvenes. Precisamente una de sus últimas apariciones tuvo lugar en Madrid, en 1998, con la Joven Orquesta Nacional, en unos conciertos promovidos por su gran admiradora y amiga española Lucrecia Enseñat. Tres elementos. Carlo Maria Giulini estuvo bastante ligado a España, y compartió actuaciones, además de con los artistas ya citados, con Teresa Berganza, Dalmacio González y Rafael Orozco. Fue uno de los grandes de verdad que no sólo vino con orquestas invitadas, sino que también se puso al frente de la Orquesta Nacional de España (ONE), con una inolvidable «Séptima» de Beethoven. En el año 2001 recibió de manos de la Reina el Premio Menuhin de la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Me vienen finalmente a la memoria los tres elementos que el maestro consideraba claves para una interpretación y los transcribo aquí como una de sus lecciones: «Inteligencia o capacidad para comprender, técnica para ejecutar lo aprendido y sentimiento o amor. Sólo cuando se juntan los tres elementos se hace música». Gracias, maestro –como dicen las palabras finales de su tan querido «Réquiem»–, por habernos liberado de la muerte eterna con su música. |
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