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Un Tristan de Festival en Paris
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Written by La Razon
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«Tristán e Isolda» De Giacomo Puccini. X. Sun, A. MDe R. Wagner. Con W. Meier, B. Heppner, Y. Naef, F. J. Selig, J. Rasilainen, A. Marco-Buhrmester, T. Spence. Coro y Orquesta de la Ópera Nacional de París. Dir. mus: E-P Salonen. Dir. de escena: P. Sellars. Vídeo: B. Viola. París En el año 2000, Gerard Mortier programó en el Festival de Salzburgo un «Tristán e Isolda» que no colmó las expectativas. Ahora, en su primer año al frente de la Ópera de París, ha podido sacarse la espina, y la nueva producción de la obra de Wagner se ha convertido en un apabullante éxito. La apuesta era fuerte, por la unión del más famoso videoartista de hoy con un «enfant terrible» de la dirección de escena y una de las estrellas de la batuta, contando además con un reparto insuperable.
Apabullante estado vocal. En primer lugar habría que resaltar la dirección de escena de Peter Sellars, que sorprendió por su sobriedad, creando un minucioso trabajo de actores influido por el teatro Nô japonés y resaltado por una sensacional iluminación de James F. Ingalls. Todas las intervenciones fuera de escena se produjeron en lugares de la sala, sumergiendo al espectador en un clima onírico. Las imágenes de Bill Viola fueron, curiosamente, quizá lo menos logrado. Con su tratamiento de la luz y los volúmenes, evidentemente teatral, y elementos típicos de su imaginario, estaban perfectamente sincronizadas con la música y nunca llegaban a perturbarla, aunque a veces resultaron excesivamente presentes y otras simplemente bellas ilustraciones. Hubo grandes momentos (el fuego de la pasión que devora a Isolda y que Tristán atraviesa para encontrarse con ella, sus encuentros acuáticos), mientras otros tuvieron que ceder ante la fuerza con que Waltraud Meier entonó su monólogo del primer acto. La cantante alemana ha creado un nuevo concepto de interpretación del personaje. No es la Isolda sólo vengativa o amorosa, sino una mujer poliédrica que vive su pasión hasta el límite, con una inmersión total que no está reñida con un dominio absoluto de cada palabra, de cada inflexión del papel, en un apabullante estado vocal. Al igual que el Tristán de Ben Heppner, que no sacrifica nunca la belleza vocal ni la morbidez de su canto a lo largo de su extenuante tesitura. Ambos crearon una pareja para el recuerdo, como también lo fueron las advertencias de Yvonne Naef como Brangania o el monólogo del rey Marke, un estremecedor Franz-Josef Selig que se arrastra por el suelo al ver que el que fuera su amante, como se sugiere, lo ha engañado. Jukka Rasilainen fue un Kurwenal algo rudo, pero con mucha presencia, al igual que Alexander Marco-Buhrmester como Melot, y muy bellas las intervenciones de Toby Spence como Pastor y Marinero. Esa-Pekka Salonen logró combinar la transparencia casi camerística y un enorme cuidado por los timbres y las armonías con el mayor fuego expresivo, revelándose el maestro finlandés como un extraordinario director dramático. Un espectáculo mágico, irrepetible, a la altura del mejor festival. No hay duda de que la Ópera de París está en un excelente estado de salud. |
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