«La voz del ángel». Así bautizó a la gran Renata Tebaldi el director Arturo Toscanini. Sólo la tuvo que escuchar una vez en La Scala para darse cuenta de que no había oído nada igual. La soprano falleció ayer de madrugada en su residencia italiana de San Marino a los 82 años. Su rivalidad con María Callas (que ocupó incluso la portada de «Time») hizo verter ríos de tinta en las décadas de los 40-50. Con su muerte desparece una de las voces más bellas del siglo XX.
Madrid- «Sé que mi voz ha entrado en los corazones de mucha gente causando reacciones bellas. Algunos, oyéndome cantar, se han vuelto más religiosos; otros, enfermos, sintieron alegría; amigos, en el hospital, escucharon mis grabaciones cuando estaban enfermos; todos ellos dijeron que mi voz les dio la fuerza para sobrellevar la pena. Por tanto, ¿cómo no voy a estar agradecida por este gran regalo de Dios?» Así se expresaba años atrás Renata Tebaldi. Ahora, a los 82 años, falleció ayer a las cuatro de la madrugada en su casa de San Marino, tras un cúmulo de enfermedades que la postraron sus últimos años de vida: una operación a corazón abierto, diabetes, un deterioro importante en una rodilla... Probablemente no hubo ninguna voz que la aliviase de sus dolores. En los últimos meses parecía que estaba mejor. Yo tuve ocasión de hablar con ella hace dos años, gracias a Gian Carlo del Monaco, que la llamó y me pasó el teléfono. Deseaba aprovechar la cercanía entre Pésaro y San Marino para hacerla una entrevista con motivo de su 80 cumpleaños. Me pidió disculpas porque no se sentía con ánimos de ver a nadie y de que alguien la viese en su deterioro físico. Ni siquiera sirvió la promesa de no hablar de la Callas –«ahora parece que ella era la única que cantaba y que las demás hablábamos»– comentaba en la intimidad «la madonna de la ópera». Salía muy poco, pero todavía era la reina cuando visitaba La Scala, el templo cuya reciente reapertura ya no pudo ver y en el que alcanzó súbitamente la fama cuando Toscanini la eligió para la última reapertura, la de 1946, tras la guerra. El calificativo del viejo maestro –«tiene la voz de un ángel»– recorrió todo el mundo. Había nacido en Pesaro en 1922, estudió canto en Parma y debutó en 1944 en Rovigo encarnando la Helena del «Mefistofele» de Boito.
Su presencia escénica era cautivadora; la amplitud de su registro, homogéneo de arriba a abajo; la arrebatadora belleza de un timbre de terciopelo; el volumen impresionante; las frases inolvidables –«E vedi io piango» de «Tosca»– le hicieron favorita de muchos públicos y le proporcionaron un núcleo de admiradores fanáticos como pocas estrellas de la ópera han conseguido en el mundo occidental. Su rivalidad con Callas sobrepasó las páginas musicales y, en noviembre de 1958, pasó a la historia de las portadas de «Time». Ambas representaron la cima del canto en las décadas de los 40-50 con dos estilos totalmente contrapuestos: la italiana era la cantante-artista y la griega, la artista-cantante. Se retiró de la ópera tras 22 años de carrera, tras alcanzar los máximos éxitos y honores que puedan cosecharse en el mundo musical, pero también habiendo tenido que vivir el destierro de La Scala. Callas había debutado allí de improviso, como Aida, un día de 1950 en el que Tebaldi se puso enferma y luego le arrebató el cetro en la mitad de aquella década. Ella prefirió no plantar batalla a unos «fans» iracundos y emigró al Metropolitan, que la convirtió en su nueva reina. Volvió años después a Milán, cuando Callas ya no cantaba, para dejar constancia de que ella sí lo hacía aún, y para recuperar su trono. Si en 1973 se despidió de la ópera con una Desdémona en el Metropolitan, el 23 de mayo de ese mismo año lo haría del concierto con un recital en La Scala –no podía ser de otra forma– a beneficio de los afectados por la catástrofe de Friuli. Cantó una de las últimas veces en un homenaje que se le brindó en el palau de la Música Catalana de Barcelona el 4 de diciembre de 1974.
Fue lamentablemente la única ocasión que tuve de verla y escuchar su voz en vivo. Aquel mismo año me sucedió lo mismo con Callas en Madrid. Renata conservaba su timbre único y Callas, sólo su presencia, pero ambas me hicieron llorar. Ayer la lírica se vistió de luto al perder una de la media docena de voces más representativas del siglo pasado, quizá la más bella. Murió sin poder ocupar el sitio de honor que la correspondía en la reapertura de La Scala y sin poder inaugurar el concurso de canto y la academia que se proyectan en Pésaro, dedicados a «la pareja del siglo», Mario del Monaco y Tebaldi. Signora Tebaldi, descanse en paz, su «voce d’angelo» seguirá aliviando los dolores de muchos de nosotros