(Son varias páginas presionar siguiente para seguir leyendo...)
Se ha marchado la voz más dulce. También la más veterana. Cantó en Bayreuth, llevó la música española por el mundo y fue una de las principales sopranos españolas del siglo XX. Victoria de los Ángeles (Barcelona, 1923) falleció ayer en la clínica Teknon de Barcelona, donde permanecía desde hace más de dos semanas ingresada por una bronquitis. El funeral se celebrará en la Basílica de Santa María del Mar el lunes a las 11 horas.
Ayer falleció Victoria de Los Ángeles. Lo hizo en silencio, sin una sola declaración de su entorno, por otro lado cada vez más limitado. Había ingresado por Noche Buena en la clínica Teknon de Barcelona en estado prácticamente irreversible. Desde entonces recé, más que por un milagro, porque no hubiese sufrimientos. La vida no le fue nada grata a la soprano de la dulzura. En los últimos años sufrió media docena de enfermedades de cierta importancia, pasó por el terrible dolor de perder a un hijo al que llevaba cuidando año tras año en sus limitaciones. Hubo de prescindir de alguna de las personas que habían estado más cercanas, pero que le habían hecho un flaco servicio. Tuvo que trasladarse a una casa más modesta ante apuros económicos que no le solucionó del todo el premio de la Fundación Guerrero –de los que hubiera podido salir de haber tenido menos exigencias consigo misma en su carrera–, y se ahogó en una profunda depresión... No, sin duda Victoria no se merecía nada de ello y es bien triste pensar en la soledad con la que ha cargado una cruz tan grande. Tanto dolor había en su vida que ni siquiera aquellos que más la amaban tenían fácil el acceso a ella. Ni la propia Alicia de Larrocha, tantas veces compañera querida.
Encanto y sutileza. Puede tener una tranquilidad, allá donde esté: que hay varias generaciones que nunca olvidaremos a Victoria de Los Ángeles, la soprano de la dulzura, del encanto insuperable en el fraseo, de la sutileza en el decir. Y menos aún de la estupenda persona que siempre fue. Nos ha dejado 22 óperas completas, obtuvo seis Gran Prix du Disque, ocho Grammy y un Thomas Edison, así como la Medalla de Oro de Bellas Artes, el Premio Nacional de Música, el Príncipe de Asturias, la ciudadanía honoraria en la ciudad de Nueva York, la Orden de la Legión Francesa, el Premio de Música de la Fundación Guerrero y la especialmente emotiva investidura «Honoris Causa» por aquella Universidad de Barcelona donde trabajó su padre. Fue grande en una época de grandes, la de Callas, Tebaldi, Olivero, Nilsson, Schwarzkopf, Sutherland o Genzer y sus interpretaciones son objeto de culto y veneración en todo el mundo. Nadie le podrá arrebatar este honor, un honor que distingue a muy pocas figuras.
Victoria de los Ángeles López nació en Barcelona un 1 de noviembre de 1923. Hija de un bedel de la Universidad de Barcelona, recibió de su madre el amor a la música. Disfrutaba con Vivaldi y Monteverdi. Su padre tenía una predilección especial por la biblioteca y, quizá debido a ella, la joven Victoria se enamoró de la poesía y de la prosa poética. Las fábulas de Samaniego y luego las obras de Santa Teresa, San Juan de la Cruz y Rilke se convirtieron en libros de cabecera. Fue una juventud sin apenas amigos, a solas, con sus libros, sus cantos y sus rincones. Así desarrolló ese intimismo característico de su arte magistral. Aprendió a despreciar el artificio y concentrarse en la verdad. Desarrolló una vida interior grande que, en un momento determinado, habría de explotar en la necesidad de comunicarse, de llegar a los demás. Y lo consiguió.
Tras vencer en un concurso de Radio Barcelona conoció al grupo amateur «Ars Musicae». Aquellos «Blancanieves y los siete enanitos» –era como se les apodaba– interpretaban música medieval y barroca. Luego, el 13 de enero de 1945, llegó el Liceo con la condesa de «Las bodas de Fígaro» mozartianas. Desde entonces, y hasta la «Pelleas y Melisande» madrileña de 1980, permanecerían hermanados recitales y óperas. De hecho llegó a incluir como cláusula de sus contratos que se presentase en cada ciudad nueva con un concierto antes de debutar en una ópera. Nunca quiso ser considerada la cantante de ópera habitual. En 1949 debutó en la Scala, el Covent Garden, la Ópera de París, el Carnegie Hall y el Metropolitan neoyorquino. En 1961 fue llamada por Wieland Wagner, para la Elisabeth de «Tannhäuser» y se convirtió en la primera cantante española en abordar en Bayreuth un papel estelar. La EMI la contrató en exclusiva en 1948 y entre ambos nació un amor fiel. Ella nos cantó a Verdi o a Puccini con el mismo cuidado que a Schubert. Con inteligencia, con una musicalidad sin tacha, con una afinación precisa y respetando escrupulosamente al compositor. Victoria fue siempre la «verdad» en la música.
Como Tintoretto. La capacidad para diferenciar épocas y estilos, la hondura en la expresión, la claridad y la aristocracia en la dicción, la homogeneidad en todos los registros, la naturalidad, la sutileza en el fraseo, la intención, la picardía y la gracia fueron claves en ella. Y, sobre todo ello, la seducción comunicativa. La voz purísima de la soprano poseía un timbre tornasolado cuyos colores han sido comparados con los de Tintoretto. El instrumento, dulce y delicado como el cristal, ha reflejado siempre las vicisitudes de Victoria mujer. Mimí, Manon y Butterfly fueron quizá los tres papeles más identificativos tanto en lo vocal como en lo sentimental.
A Victoria, a diferencia de la mayoría de las artistas, no sólo se la admiraba. A Victoria se la quería. Su falta de vanidad, su espíritu sereno, su ausencia de materialismo, hacía que muchos la viésemos como la veía Giuseppe Campora, como «la sorellina». Y es que, como dijo su admirador Ramón Gaya, «Ella no es solamente una gran cantante, sino un gran espíritu». Por eso todos los que amamos el Arte con mayúscula y la honestidad personal nos sentimos hoy huérfanos de nuestra «sorellina».